LAS SANDALIAS DEL GUERRERO
Hotep no siempre había sido un mendigo. Hijo de un féllah de
los alrededores de Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de
las levas con las que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutría las filas
de los ejércitos que guerreaban en Asia.
El joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el
primer encuentro con los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso
fuera de combate; cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la
pierna derecha privada de movimiento.
Hotep no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una
caterva de guerreros, más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas
apoyándose en un grueso garrote.
Con las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia
al Mar Rojo, podría escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con
saber que, de guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayudando,
dos meses después la desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado
para la separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo
Egipto.
Hotep quedó solo con otro compañero, nacido en una aldea
inmediata a la suya, seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya
viejo, encanecido en la milicia debido a sus largos años de servicio y privado
de la vista, a consecuencia de una profunda herida en la cabeza.
El cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se
brindó a servir de lazarillo al ciego, y así, una noche en que los dos
inválidos descansaban al abrigo de un espeso cañaveral, Hotep, que dormía
plácidamente, oyó de pronto un lasrimero quejido que exhaló su compañero e, incorporándose, le
dijo:
- ¡Hola, veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te
estás atormentando con alguna horrible pesadilla.
- Hotep, me muero- murmuró el ciego-. Siento que la vida se
me acaba.
- ¡Estás delirando! ¡Quién piensa ahora en morir!
- Me muero, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no
puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!
Hotep, alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su
cojera hasta un canal inmediato y volvió con las calabaza llena del líquido
pedido, diciendo:
- Bebe. Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el
fuerte sol que hoy nos ha hecho hervir la sangre.
- Gracias, camarada – respondió el ciego. No temo a la
muerte; hace años que la he considerado siempre cercana. Después de todo, para
no ver más luz, tanto me importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna: un
casco de bronce, unos cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es que más
valor tiene, pues son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en
oro. No sé de dónde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la cintura de un
soldado muerto; sólo Dios sabe quién se las robaría. Cógelo todo si muero. Es
la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los faraones. ¡Bonita
herencia.

Hotep se devanaba los sesos, pensando qué haría o diría en
aquella situación, que le parecía bastante grave y apurada. Por fin su
compañero bebió de nuevo y dijo:
- Puede que tengas razón y me haya equivocado; pasó la
angustia y tengo sueño. Durmamos y, si me muero, ya sabes: todo para ti.
Y volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras
confusas. Hotep siguió su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda
competencia a las parleras raras. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego
yacía a algunos pasos de allí, tendido boca bajo. Hotep llegó finalmente a su
pueblo y continuó llevando la vida que
había tenido antes de ir a servir al faraón.
Un día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus
esplendidos rayos, Hotep, vistiendo un viejísimo calasiris de algodón listado,
que dejaba ver por sus múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo,
Salió de su casa y empezó a andar con alegría.
Apareció junto a una de las colosales esfinges que
constituían la entrada del templo. Se detuvo un momento y, sacando de un
envoltorio el casco de bronce y las sandalias que heredara del viejo guerrero,
se atavió con ambas prendas, quedando en breve espacio de tiempo convertido en
la más grotesca figura que imaginarse pueda nadie.
No parecía, sin embargo, el invitado descontento de su
aparato indumentario, pues con aire satisfecho se atusó la encrespada y
revuelta cabellera, y canturreando una canción
popular se dirigió, apoyando en un grueso bastón que le servía de
muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas
piernas de la colosal estatua, que parecí guardar la entrada al gran patio.
Hotep dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la
puerta y pocos instantes después apareció en el dintel una mujer, cubierta por
ajustada túnica blanca, sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.
- ¿Qué se le ofrece tan temprano y tan compuesto?- preguntó
con burlona sonrisa al reparar en el casco y las lujosas sandalias del
mendigo-. Hoy no es día de repartir los restos de las ofrendas…
- No vengo a pedir limosna- contestó Hotep . Y luciendo una
gran sonrisa, añadió-: Vengo a hablar con tu padre para decirle que es mi deseo
pedirle tu mano, pues quiero casarme contigo.
Los ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de
tiempo las más sonoras y alegres carcajadas que jamás habían turbado la
majestuosa calma de aquel silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la
manera como era acogida su pretensión, dijo mirando con petulancia sus
sandalias:
- Hermosa Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace
suponer que mi figura no te disgusta y el resultado…
- El resultado – interrumpió la joven – será que mi padre te
dará algunos palos y te romperá la pierna que aún tienes sana.
-¡A mí, a un guerrero del faraón!
-¡Imbécil! Tú y no eres guerrero, sino pordiosero, y si no
fuera por lo que en esta casa te hemos protegido, perjudicando a otros pobres
más antiguos, hace tiempo que estarías descansando en el cementerio en
agradable compañía con otros ilustres personajes de tu calaña.
-¿Olvidas acaso que soy propietario de una gran casa junto al
canal del Castillo Blanco?
- Si, ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin
techo.
- No es tan mala, y además tengo… estas sandalias – dijo él
mientras se miraba los pies.
- Mira, Hotep – dijo Amneris adoptando un aire protector -,
sin duda alguna los fuertes calores y todo el hambre que has sufrido en Asia
han perturbado tu razón. En primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente
muy bien acomodado, en segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda
del templo, corresponda al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha
quedado completamente inútil para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con
la pierna arrastrando y ese casco abollado…? ¡Ja…ja…ja…!
Y de nuevo la risa más retozona animó el semblante de la
muchacha.
El pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más
lisonjeras esperanzas, por única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris
y, con gesto de cómica desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una
palabra se alejó de la puerta acompañado por las carcajadas de Amneris.
-¡Pobre chico!- dijo ésta -. No es malo, pero… ¡es tan
miserable!
Hotep, aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada,
tenía, como todos los féllahs, una gran dosis de mansedumbre y resignación; así
que, después de desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra
Amneris, se encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que
conducía al templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después
roncaba como un bienaventurado.
De pronto el mendigo se despertó a impulsos de algunos
puñetazos aplicados con mano vigorosa, e incorporándose vio ante sí a un
personaje de elevada condición, a juzgar por la pedrería que brillaba en el
pectoral que cubría su robusto pecho y por
la figura y elegancia de su túnica. Otro sujeto, portador de un abanico
de plumas de avestruz, que era sin duda el que le había despertado de un modo
tan enérgico, se hallaba junto al primero.
-¿Quién eres?- dijo en
con voz imperiosa -. ¿Qué estás haciendo aquí?
- Pues ya lo ves, dormir – repuso Hotep con justa
indignación.
-¿Quién te ha dado estas sandalias? – volvió a preguntar el
incógnito y refinado personaje.
- Quién puede – contestó Hotep recogiendo su cayado y
adoptando una actitud defensiva.
-¡Por mi padre, el Sol, que no he visto jamás sabandija tan
insolente! Oye, miserable, y tiembla.
-¿No temblé en el campo de batalla cuando una flecha asiria
traspasó mi muslo, y me asustaré ahora que nada malo he hecho? Pero ¡ah! -
exclamó de pronto -, tú debes ser el ser el rival que disputa el amor de
Amneris.
-¡Está loco!- dijo el desconocido con asombro, volviéndose
hacia su acompañante, que contestó con signo afirmativo.
-¿Conque, es decir –
prosiguió Hotep -, que no contento con quitarme la novia, quieres también
apoderarte de mis sandalias?
- Sin duda ignoras quién soy – dijo el personaje del pectoral
-. ¡De rodillas, miserable, ante el faraón!
Hotep lanzó un grito de asombro e, inclinando humildemente la
cabeza, respondió.

- Alto y poderoso Ramsés, perdona a tu humilde esclavo. No me
postro ante ti, porque la herida que recibí a tu servicio me inutilizó la
pierna y no puedo…
Ten misericordia de este infeliz inválido, que si pronunció palabras inconvenientes fue por no
haberte conocido.
- Piensa bien lo que vas a contestarme, porque de ello
depende tu vida. ¿Recuerdas la ocasión en que adquiriste esas sandalias?
- Sí – hijo predilecto de Dios.
- ¿Recuerdas si el que tales prendas te dio te aseguró que
eran la fortuna de un soldado?
- Sí – contestó Hotep, pensando en las últimas palabras
pronunciadas por el guerrero ciego.
- Entonces, ¿cómo no has reconocido en mí al faraón a quién
guiaste en el reconocimiento del campo de batalla, te dio las sandalias que
hubo de quitarse para trepar por los acantilados de Saín, cuyo paso nadie
conocía como tú, y merced a cuyo descubrimiento alcancé una de mis más famosas victorias?
El mendigo quedó inmóvil.
Comprendió que se le ofrecía una enorme fortuna. Sólo tenía
que contestar de forma adecuada a las preguntas de Ramsés. Por un momento pensó
en esto y en que de esta forma tan sencilla conseguiría aquello que tanto
deseaba, es decir, podría casarse con Amneris.
Pero era honrado y no quiso mentir.
- Señor - dijo -, soy un mendigo inútil y despreciable, el
alimento que tomo lo debo a la generosidad del pueblo, pero mis labios no
se mancharon nunca con una mentira.
Estas sandalias no me las diste tú.
Y brevemente contó al faraón su triste historia y la manera
cómo las sandalias habían llegado a sus manos.
El faraón, viendo que había tropezado con un hombre honrado,
alguien que no deseaba aprovecharse de la fortuna que había llamado a su
puerta, decidió llevarlo a palacio donde le agasajó por su fidelidad y le
recompensó ampliamente por sus servicios, ofreciéndole además un puesto en la
corte.
Gracias a ello Hotep pudo ir al templo a pedir la mano de
Amneris, quien viéndole en una buena posición le aceptó rápidamente, pues ella siempre
le había querido.
Fueron extremadamente felices en su nueva posición y tuvieron
muchos hijos, todos ellos servidores fieles de Ramsés Meiamun, a cuya regia
esplendidez debían tantos favores.
NICROTRIS
El gran faraón de Egipto
había sido brutalmente asesinado. A los pocos días, la reina viuda, la bella
Nicrotis, aceptaba el trono que sus súbditos le ofrecían. Ocurría esto en el
viejo Egipto, en Menfis, la capital del Imperio Antiguo, hace muchos cientos de
años.
Los festejos para el día de
la coronación prometían ser muy espléndidos; parecía como si la reina Nicrotis
hubiese olvidado por completo al joven esposo, vilmente asesinado.
Para celebrar en forma
solemne su coronación había dado la orden de construir un gran salón
subterráneo, donde ofrecería a los grandes personajes de reino un suntuoso
banquete, y se decía que más tarde se dejaría que el pueblo presenciase el
espectáculo.
Llegó el día señalado para
el gran festín y los invitados empezaron a llegar luciendo sus más exquisitas, bellas y espléndidas galas. Antes
de que estuvieran todos reunidos, comenzó la comida. La bella Nicrotis aparecía
mucho más hermosa que nunca, y una extraña mirada brillaba en sus ojos. Todo se
realizaba con la mayor magnificencia ante los absortos invitados.
Cuando el banquete estaba en
el punto más álgido y los asistentes, con la euforia de una abundante comida
bien rociada del mejor vino, más contentos se mostraban, se produjo un gran
ruido. De los cuatro lados de la sala comenzaron a manar abundantes chorros de
agua.
De momento los comensales
creyeron que se trataba de algún efecto de tramoya para amenizar la fiesta y siguieron
degustando tranquilamente los alimentos y bebidas mientras continuaban las charlas
y bromas entre ellos.
Empezaron a alarmarse cuando
vieron que el agua subía y subía sin parar. Ya les estaba cubriendo los pies y,
presos de terror, buscaron las sandalias para evitar morir ahogados.
Las puertas estaban cerradas
y nadie las abrió, con lo cual el agua seguía manando e iba aumentando el
nivel. A muchos de los comensales ya les alcanzaba hasta la cintura, con lo
cual las escenas de pánico se fueron sucediendo cada vez con mayor frecuencia.
En aquel instante
comprendieron la trágica realidad y vieron que
sólo estaban presentes los que habían sido traidores, así como también
los asesinos. Habían caído en el lazo que la reina les tendiera para llevar a
cabo su venganza.
Ninguno de los invitados
pudo alcanzar una salida y murieron ahogados y sorprendidos por lo que había
sucedido.
El agua siguió saliendo,
hasta anegar por fin todo el subterráneo. Sobre los cadáveres flotantes de los
cortesanos se dejó oír la voz de Nicrotis que decía:
- Los traidores deben morir
a traición.
En efecto, Nicrotis había
concentrado allí, precisamente, a todos los que participaron en el complot para
asesinar a su esposo.
Al día siguiente, según
Nicrotis había prometido, todo el pueblo de Menfis pudo contemplar el lugar del
convite. Y nadie dejó de sentir admiración por la reina, que no había vacilado
en perder la vida con tal que los traidores la perdieran también.
FIN
ANAPU Y BITU
Anapu y Bitu eran dos hermanos que vivieron hace muchísimos
tiempo en Egipto. Habían heredado mucha hacienda de su padre.
Según las leyes y las disposiciones del padre, a Anapu, el
mayor, pertenecían casa, ganados y campos. Bitu, el menor, había de trabajar
para su hermano, recibiendo a cambio el salario necesario.
Bitu era inteligente, hábil, trabajador y conocedor de todo
lo referente a los campos y ganados; tanto era su saber que conocía el lenguaje
de las reses y sabía lo que los pobres animales querían decirle y cuanto se
decían entre ellos.
Anapu no trabajaba tanto como el hermano. Un día, en que
estaban los dos ocupados en preparar la siembra de las tierras, envió Anapu a
Bitu a casa en busca de unas semillas para echarlas en los surcos recién
abiertos.
Bitu partió obediente y cogió las semillas; los dos hermanos
las echaron en los surcos y, terminando el trabajo, volvieron a su casa.
Pero Anapu encontró a su esposa llorando y ella le dijo,
después de hacerse rogar, que cuando Bitu llegó en busca de las semillas le
había dado una paliza.
Mucho se enfadó Anapu con esto y formó el propósito de dar
muerte a su hermano, pero supo contenerse, pues quería hacerlo de un modo que
nadie pudiera acusarle de fratricida, esperando
una ocasión favorable para su intento.
Bitu, que no babía hecho lo que dijo su cuñada, se dirigió a
su cuarto y no se enteró por tanto de la conversación de los dos esposos, ni
sospechó nada, pues los dos le trataron a la hora de la cena con el mismo
cariño de siempre.
Cuando se disponía a entregarse al descanso se le ocurrió ir
antes a dar una vuelta por el redil de los ganados, por ver si les faltaba
algo.
Entró en el cercado y vio a casi todos los carneros y ovejas
tendidos en el suelo, rumiando unos, durmiendo otros; pero sus favoritos se
levantaron en cuanto le vieron y fueron a pedirle caricias. Bitu pasó la mano
por el lomo de los tranquilos animales y ya se iba cuando, gracias a comprender
su lenguaje, oyó que uno de ellos le decía que debía emprender la fuga, pues su
hermano, enfadado con él, pensaba darle muerte.
Bitu no se detuvo a pensarlo ni un momento y, en lugar de
volver a su habitación, emprendió la huida esa misma noche.
Seguramente Anapu le oyó alejarse, pues también salió de la
casa decidido a impedir su marcha. Corría Bitu deseando alejarse de la casa de
su hermano antes de que saliera el sol, pero Anapu iba detrás con mayor
rapidez, y lo hubiera alcanzado si el dios Pha-Harmakis, que casualmente miraba
entonces la Tierra, no se hubiera dado cuenta de lo que pasaba. Convencido de
la inocencia de Bitu, quiso ampararlo y para ello hizo surgir, repentinamente,
entre los dos hermanos un ancho río poblado de muchos cocodrilos. El ímpetu
de la corriente impidió a Anapu cruzarlo y, muy fastidiado, tuvo que permanecer en la orilla.
Bitu, pensando que se había salvado de momento, descansó en
la otra orilla, pues su hermano no podía pasar el río antes de que amaneciera,
y en cuanto la luz del sol permitió a los hermanos verse, Bitu preguntó desde
la orilla:
-¿Por qué me persigues? ¿Qué te hice para que quieras darme
muerte?
Anapu no contestó al momento, enfadado por las preguntas de
su hermano, pero luego empezó a dudar y pensó decirle la causa de su cólera.
Bitu negó la acusación y le aseguró que ni siquiera un minuto había pensado en
pegar a su esposa.
Anapu, avergonzado y arrepentido, prometió a su hermano que no le haría nada y que, por tanto, podía
volver, pero Bitu no quiso, pues ya no se veía capaz de seguir viviendo bajo el
mismo techo que la falsa mentirosa mujer con la que estaba casada su hermano.
- Debo marcharme – contestó -, me voy al valle de las Acacias
y voy a decirte todo lo que pasará. Gracias a mis artes mágicas me arrancaré el
corazón y lo colgaré de la rama más alta de una acacia. Cuando el árbol sea cortado caerá al suelo mi
corazón y podrás contemplarlo. Después que lo hayas buscado durante siete años
tómalo y ponlo en un cacharro con agua fría. Esto bastará para volverme a la
vida. Así resucitaré y me vengaré de mis enemigos: sabrás cuando lo tienes que
hacer si te ofrecen un vaso de cerveza del que caiga al suelo la espuma. Luego
te darán un jarro de vino cuyas heces le vastarán hasta el borde. Cuando ocurra
todo esto procura no perder tiempo.
Anapu volvió triste a su casa. Enloquecido por la mentira y
falsedad de su mujer, le dio muerte y luego lloró a su hermano Bitu.
El joven, en el valle de las Acacias, pasaba el día cazando y
dormía al pie de un árbol en cuya rama más elevada había colocado su corazón.
Un día se encontró a los nueve dioses, quienes le dieron por esposa a su propia
hija, pero las siete Hathors (hadas que profetizaban el futuro) le anunciaron
que la joven moriría atravesada por una espada.
Bitu se casó con la diosa y le comunicó el secreto de que
tenía el corazón colgado en lo alto del árbol, y también de que quien
encontrase la acacia tendría antes que luchar con él.
Tan hermosa era la mujer de Bitu que la fama de su
extraordinaria belleza llegó hasta el faraón, que, para saber si lo que se
decía era cierto, hizo un viaje al valle de las Acacias, solo. Sin séquito y
disfrazado. De esta forma pudo acercarse, sin ser viso ni reconocido por nadie,
y cuando vio finalmente a la joven decidió que debía hacerla su esposa.
Vuelto a palacio dio las órdenes y envió un grupo de
soldados al valle de las Acacias, con la
orden de matar a Bitu y llevar a la esposa a su corte. No pensó que doto podía
ocurrir al revés, porque los soldados fueron muertos en la lucha por Bitu, que
los atacó con la fuerza de un león.
Irritado el faraón, llamó a los adivinos para que le indicasen el modo de conseguir la
muerte de Bitu. Deliberaron largamente y resolvieron que no podía matarlo en lucha,
sino con la astucia. El faraón se disfrazó de nuevo y fue otra vez al valle de
las Acacias, donde esperó la ocasión.
Pudo el faraón hablar con la joven, que, al saber que sería
reina y dueña de muchos tesoros, consintió en la muerte de su marido y comunicó
al rey que en la rama más alta de la acacia estaba el corazón de Bitu, y que
sólo con derribarla caería muerto.
El faraón llamó a dos leñadores y, en cuanto el hermoso árbol
cayó al suelo, se desplomó muerto el pobre Bitu.
Y ocurrió entonces lo que Bitu dijera a su hermano.
Llegó un día en que le ofrecieron un jarro de cerveza cuya
espuma cayó al suelo y después un jarro de vino que se puso turbio al momento;
así conoció Anapu que había llegado el momento de actuar.
Provisto de armas, ropas y sandalias, se dirigió al
valle de las Acacias; vio a su hermano muerto u el corazón convertido en una
baya. La puso en agua fría y Bitu resucitó en el acto.
- Voy a convertirme en el sagrado buey Apis – le dijo -:
llévame junto al faraón, que te dará oro y plata, y yo ya encontraré medios
para castigar a mi esposa por toda su maldad.
Anapu siguió las
instrucciones de su hermano. Al día siguiente llevó a la corte a Bitu,
convertido en buey sagrado. Todos se alegraron mucho y el faraón le recompensó
y concedió muchas distinciones. Pocos días después el buey entró en las
habitaciones de su antigua esposa y le dijo:
- Puedes convencerte de que si sigo vivo.
-¿Quién eres?
- Bitu – y añadió -: Ya supiste lo que hacías cuando dijiste
al faraón que cortase la acacia.
La mujer se asustó mucho y, para evitar los peligros que preveía,
suplicó al faraón que le concediese un favor y él consintió en ello.
- Dame, señor, para que lo coma, el hígado del toro sagrado,
no hay nada que me guste tanto como eso.
Muy disgustado el faraón, no tuvo más remedio que conceder lo
que ya había prometido. Y un día, mientras el pueblo ofrecía sacrificios al
toro sagrado, mandó llamar a los verdugos y ordenó que diesen muerte al hermoso
animal.
En el mismo instante en que le clavaron el cuchillo en el
cuello cayeron de él dos grandes gotas de sangre junto a las puertas de la
ciudad y se convirtieron en dos grandes árboles.
El pueblo, lleno de alegría por lo que se pensó que era un
milagro, empezó a adorar y ofrecer sacrificios a los dos árboles.
Pasó el tiempo. El faraón, coronadas sus sienes con diadema
de lapislázuli, guirnalda de flores en el cuello, se sentó en su trono de plata
y oro e hizo que le llevaran al sitio donde habían nacido los dos árboles.
Detrás iba la reina, y ambos fueron colocados al pie de los árboles. Bitu, que
era el árbol bajo el cual estaba la reina sentada, dijo en voz baja:
- Mujer, a pesar de cuanto has hecho, sigo viviendo. Obligaste
al faraón, a través de tus malas artes, a cortar la acacia en la que estaba
colgado mi corazón, para darme muerte; luego me convertí en buey sagrado y
también me hiciste matar, pero debes saber que he vuelto a renacer.
La reina oyó con gran terror estas palabras y ese mismo día
pidió al faraón que le prometiese concederle una cosa que deseaba mucho. Cuando
éste hubo accedido le dijo:
- Señor, ordena que corten inmediatamente esos árboles para
que se hagan con ellos dos hermosas vigas.
Así se hizo, pero una menuda astilla de madera se escapó del
tronco y penetró en la boca de la reina. Poco después esta tuvo un hijo, que
era Bitu, vuelto a encarnar en forma humana, pero la mujer no lo sabía.
El faraón estaba encantado con el niño, le dio el nombre de
Príncipe del Alto Nilo y, como lo había nombrado sucesor suyo, cuando el rey
falleció Bitu fue designado faraón.
Entonces, Bitu mandó llamar a los grandes de la corte y
reveló cuanto le había sucedido. Al terminar su relato todos los cortesanos
condenaron a la mala reina, que fue desterrada en castigo a sus delitos.
Bitu reinó durante veinte largos años y lugo le sucedió su
hermano Anapu, al que había nombrado su sucesor en el trono.
FIN
VICTORIA DEL GENERAL THUTI EN LA CIUDAD DE JOPPE
El general Thuti vivió cuando imperaba en Egipto la Decimoctava Dinastía. Era uno de los mejores
guerreros egipcios que había acompañado al rey Tutmés III, el de las grandes
conquistas. Se le consideraba hombre extraordinario, muy inteligente y valeroso
a pesar de su juventud.
En el campo de batalla figuraba siempre al frente de sus
tropas, por lo que los soldados le seguían con gran entusiasmo. Decían que
nadie podía ser comparado con él. Por todo esto, el rey le dispensaba gran
afecto y le permitía estar con él en su palacio.
El monarca supremo le debía varias de las más importantes
victorias conseguidas por sus ejércitos.
El general se dio a conocer ante todos los cortesanos, por
primera vez en todo su gran valor, cuando era tan sólo un simple oficial. Un
día llegó hasta la corte un mensajero de
la ciudad de Joppe, situada en la región de T’hai, al lado de la desembocadura
del Nilo, que había decidido sublevarse contra el monarca supremo. Llegaba el
mensajero presuroso, jadeante, y pidió ser llevado en el acto a presencia del
faraón. Cuando llegó ante él, le dijo que el reyezuelo asiático de Joppe había
dejado de prestarle obediencia y se hallaba en franca rebeldía.
Al oír tales palabras, Tutmés montó en cólera y rápidamente
decidió convocar a los más altos dignatarios y cortesanos. Luego les hizo saber
su propósito de destruir por completo la ciudad, para lo cual necesitaba de
alguien valeroso y decidido que se
pusiera al frente de su ejército.
Tras las palabras del faraón, incluso los más expertos en el
arte de la guerra se quedaron en la más completo de los silencios, sin osar
ofrecer sus servicios al monarca, pues por un lado estaban temerosos ante el
tono de voz del faraón, pero además conocían a la perfección lo inexpugnable
que era Joppe así como la extrema crueldad, el enorme valor y la pericia de
su reyezuelo.
Los ojos de Tutmés, ante ese silencio, recorrieron el salón,
indignados. Cuando más denso era el silencio que invadía la estancia y pensando
ya que nadie tendría la osadía de presentarse para tan suicida misión, un desconocido oficial se ofreció
para llevar a cabo la operación, saliendo de entre el nutrido grupo de
cortesanos que asistían a la escena: era Thuti.
El rey, ante las sorprendente palabras de ese muchacho, le
dijo que se acercara y le expresó su sorpresa y hasta puso en duda su capacidad
para realizar tamaña empresa, pero el joven oficial insistió con tanto ahínco y
perseverancia, poniendo tanta emoción y brío en todas sus palabras, que el
faraón acabó por encomendarle la jefatura del ejército que debía ir contra la
ciudad rebelde.
Thuti dispuso grandes preparativos. Entre las muchas cosas que decidió que debía llebarse había un gran saco de piel en el que introdujo una par de argollas para los pies y otro par para las manos, así como cuatrocientas tinajas con cadenas, cuerdas y collares.
Partieron rápidamente y, tras muchos días de marcha sin descanso, llegaron todos los componentes del ejército cerca de Joppe. Antes de pensar en penetrar dentro de la fortaleza. Thuti hizo enviar un mensaje dirigido al reyezuelo rebelde en el que le comunicaba que se hayaba huyendo de faraón porque había pretendido matarle, por lo que había decidido ir a Joppe a ofrecer sus servicios y los soldados que le habían seguido.
El reyezuelo de la ciudad, lleno de júbilo y profundamente alegre, pensando que todos esos hombres le servirían como refuerzo en su lucha contra el faraón, le abrió las puertas de la misma, le recibió con gran afecto y, tras una breve charla, le introdujo en su propip palacio.
Una vez en el interior de su residencia, le obsequió con una abundante y deliciosa comida. Después de haber degustado todos esos sabrosos manjares con el rey y la totalidad de sus cortesanos, mientras se hallaban en una tranquila y relajada charla durante la que hablaron entre otras cosas de su futura lucha contra el enemigo, Thuti aprovechó un momento en que el monarca se hallaba totalmente confiado para derribarle al suelo.
Le golpeó repetidamente hasta dejarle sin conocimiento y, colocándole las argollas que llevaba preparadas de antemano en manos y pies, hizo que sus hombres le metieran en el saco de piel.
A todo esto, cuatrocientos de los soldados de Thuti habían conseguido ya introducirse hasta el corazón de la ciudad metidos en el interior de tinajas, que otros de ellos, caraterizados convenientemente de mercaderes, hicieron entrar sobre unas carretas.
Una vez en la plaza central de Joppe, salieron los hombres de sus escondites y, aprovechando la sorpresa general de los habitantes de la ciudad, se aprovecharon fácilmente de ella.
En poco tiempo y sin ninguna pérdida humana, consiguiron que los que se habían sublevado con tanto ímpetu se rindieran fácimente.
De regreso al palacio real, Thuti fue recibido por el faraón con muestras de gran agradecimiento, obteniendo de éste el nombramiento para lo sucesivo de general en jefe de todas sus tropas.
Thuti dispuso grandes preparativos. Entre las muchas cosas que decidió que debía llebarse había un gran saco de piel en el que introdujo una par de argollas para los pies y otro par para las manos, así como cuatrocientas tinajas con cadenas, cuerdas y collares.
Partieron rápidamente y, tras muchos días de marcha sin descanso, llegaron todos los componentes del ejército cerca de Joppe. Antes de pensar en penetrar dentro de la fortaleza. Thuti hizo enviar un mensaje dirigido al reyezuelo rebelde en el que le comunicaba que se hayaba huyendo de faraón porque había pretendido matarle, por lo que había decidido ir a Joppe a ofrecer sus servicios y los soldados que le habían seguido.
El reyezuelo de la ciudad, lleno de júbilo y profundamente alegre, pensando que todos esos hombres le servirían como refuerzo en su lucha contra el faraón, le abrió las puertas de la misma, le recibió con gran afecto y, tras una breve charla, le introdujo en su propip palacio.
Una vez en el interior de su residencia, le obsequió con una abundante y deliciosa comida. Después de haber degustado todos esos sabrosos manjares con el rey y la totalidad de sus cortesanos, mientras se hallaban en una tranquila y relajada charla durante la que hablaron entre otras cosas de su futura lucha contra el enemigo, Thuti aprovechó un momento en que el monarca se hallaba totalmente confiado para derribarle al suelo.
Le golpeó repetidamente hasta dejarle sin conocimiento y, colocándole las argollas que llevaba preparadas de antemano en manos y pies, hizo que sus hombres le metieran en el saco de piel.
A todo esto, cuatrocientos de los soldados de Thuti habían conseguido ya introducirse hasta el corazón de la ciudad metidos en el interior de tinajas, que otros de ellos, caraterizados convenientemente de mercaderes, hicieron entrar sobre unas carretas.
Una vez en la plaza central de Joppe, salieron los hombres de sus escondites y, aprovechando la sorpresa general de los habitantes de la ciudad, se aprovecharon fácilmente de ella.
En poco tiempo y sin ninguna pérdida humana, consiguiron que los que se habían sublevado con tanto ímpetu se rindieran fácimente.
De regreso al palacio real, Thuti fue recibido por el faraón con muestras de gran agradecimiento, obteniendo de éste el nombramiento para lo sucesivo de general en jefe de todas sus tropas.








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